El profeta Isaías nos habla del proyecto de Dios sobre la historia humana con la imagen del festín de manjares exquisitos y vinos refinados. Dios quiere sentar a la misma mesa a todos los pueblos sin excepción; quiere que todos participen de la misma fiesta, de la misma alegría, y compartan el mismo alimento. El festín es símbolo de la alianza o de la comunión que Dios quiere establecer con todos. En esa comunión reside nuestra alegría y nuestra felicidad ya desde ahora.
Pero durante la vida presente este sueño choca con graves obstáculos, como las guerras, las injusticias y toda clase de sufrimientos. No obstante, Dios promete que todos los pueblos estarán en esta fiesta. Antes, Dios mismo enjugará las lágrimas de todos los rostros y aniquilará la muerte para siempre; en primer lugar, destruirá la muerte espiritual, que consiste en vivir apartados de él. Solo la vida vivida en comunión con Dios merece el nombre de Vida. Desde la mirada cristiana, sabemos que, a través del misterio Pascual, Dios ha destruido el poder de la muerte, y que ésta ya no tiene la última palabra sobre la historia humana.
La garantía de todas estas afirmaciones no es otra que la promesa de Dios. El centro del pasaje son las palabras: «lo ha dicho el Señor». Dios tiene palabra; cumple sus promesas, aunque para ello tenga que pasar por el misterio de la encarnación con todo lo que conlleva. Por eso, quien espera en él no quedará defraudado, sino que experimentará una salvación superior a la que imagina.
El Señor es mi pastor
El Salmo responsorial prolonga el tema de la comunión con Dios del que habla la primera lectura. En él se afirma que la presencia de Dios como pastor, como guía, colma la vida del salmista, hasta el punto de decir que con él «nada le falta». Son conocidas las palabras de santa Teresa de Jesús: «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta», que se hacen eco de este Salmo. Con gran lirismo se describen las acciones de Dios hacia el salmista: le hace recostar en verdes praderas, le conduce hacia fuentes tranquilas, repara sus fuerzas, le guía por el sendero justo; le acompaña en todo momento, incluso cuando camina por cañadas oscuras; esta presencia genera tal confianza que el salmista nada teme; la vara y el cayado del Pastor le sosiegan, le dan confianza y seguridad.
Además, prepara una mesa ante él, enfrente de sus enemigos; le unge la cabeza con perfume, llena su copa hasta hacerla rebosar. Dios es un anfitrión generoso, no se queda corto en sus atenciones y detalles. Por otra parte, la bondad y la misericordia de Dios acompañan al salmista todos los días de su vida. El salmista concluye diciendo: «habitaré en la casa del Señor por años sin término». La expresión «años sin término» parece sugerir que está hablando de la eternidad.
Quien reza este salmo con mentalidad cristiana piensa también en Jesús como Buen Pastor, en su presencia espiritual y eucarística, en la comunión con él y, a través de él, con toda la Trinidad; piensa en todos los gestos de atención que tiene con sus discípulos, y en su retorno a la casa del Padre para ir a prepararnos un sitio. Las primeras representaciones de Cristo fueron las del Buen Pastor que lleva sobre sus hombros una oveja. Es la imagen que los primeros cristianos colocaban en sus tumbas para indicar que la travesía por la cañada oscura de la muerte se realiza sobre sus hombros. En el momento de la muerte es cuando más solos nos podemos sentir. La fe nos asegura que también entonces Cristo estará a nuestro lado.
En definitiva, trata de la vida y de la muerte, del miedo a los enemigos y de la fe en Dios, que es más fuerte que todas las amenazas. Dios es el único bien verdadero, y a quien posee su gracia no le falta nada.
Libertad ante las riquezas
Probablemente san Pablo escribió desde la cárcel de Éfeso esta carta a los Filipenses, que le acababan de enviar una ayuda económica en un momento de gran estrechez. Con pocas palabras da una gran lección de libertad ante los bienes materiales: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación». Los bienes materiales son verdaderas «riquezas»; en sí mismas son buenas; todo depende del uso que hagamos de ellas; deben ponerse al servicio del plan de salvación de Dios; pueden convertirse en «pobreza» cuando nos las apropiamos egoístamente, olvidando que Dios es el dueño y señor de todo; nosotros no somos propietarios de nuestras riquezas, sino administradores; se nos han confiado para alcanzar a través de ellas la felicidad de todos los hombres. Lo mismo podría decirse de los bienes espirituales.
En las palabras: «todo lo puedo en aquel que me conforta» o «me da la fuerza», hay que sobreentender que se refiere a Cristo.
Los invitados a la boda
En el pasaje evangélico de este domingo encontramos dos parábolas sobre el Reino de Dios dirigidas en su día a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, pero que hoy Jesús nos dirige a todos. La primera es la de los invitados a la boda del hijo del rey. Este rey se esfuerza en preparar un gran banquete para festejar la boda de su hijo. Cuando envió a sus criados a llamar a los convidados, éstos no quisieron asistir. Cuando envió a sus criados por segunda vez, los convidados también rechazaron la invitación: unos valoraron más atender sus campos o sus negocios; otros incluso se molestaron ante la insistencia de la invitación, y maltrataron a los criados e incluso los mataron.
Esta parábola es un reflejo de la historia de la salvación. Desde el comienzo de esa historia Dios llama a la humanidad a la boda de su Hijo, es decir, a entrar en comunión con él. Con frecuencia la Escritura nos presenta la relación de Dios con la humanidad acudiendo a una metáfora nupcial para expresar la intimidad, el amor y la cercanía de Dios. Pero los mensajeros, es decir, los profetas, los hombres de Dios, han sido maltratados o asesinados. Los primeros invitados fueron los miembros del pueblo elegido.
Pero, cabe preguntarse por qué esa resistencia a Dios, cuando nos está invitando a algo bueno; cuando de él solo cabe esperar cosas buenas, cuando su amor y su presencia lo colma todo de luz, paz, alegría, etc. También nos puede ocurrir a nosotros que estemos rechazando una invitación decisiva para nuestra vida cuando nos negamos a entrar en comunión con él en la oración cotidiana o en la Eucaristía.
Dado que los invitados primeros no eran dignos de tal banquete, el rey ordena a sus criados que vayan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren allí, malos y buenos. Aunque los primeros invitados hubieran acudido con gusto a la boda, Dios no dejaría de invitar a la misma a todos los pueblos. No es el fracaso inicial lo que motiva la generosidad de Dios.
La segunda parábola nos habla del invitado que entra al banquete sin vestido de boda. Esta parábola parece sugerir que no prepararse o vestirse adecuadamente para el banquete de la boda es una burla y un desprecio hacia el que nos invita. En el fondo, este invitado es como los primeros: peca de indiferencia o de autosuficiencia. Aceptó la invitación, pero no se abrió a la gracia.
El pasaje evangélico concluye con la siguiente sentencia: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». Muchos rechazan la llamada o la invitación, y algunos no se presentan con vestido de boda. Aunque Dios persiste en su voluntad de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, este deseo choca con muchos obstáculos de nuestra parte.
