En el Evangelio de la solemnidad de Pentecostés aparecen los dos principales frutos de la Pascua y dones del Espíritu: la paz (“paz a vosotros”) y la alegría (“se llenaron de alegría”). Para santo Tomás de Aquino, ambas son las principales cualidades que acompañan a la virtud teologal del amor, por lo que provienen de Dios como un regalo generoso de su misteriosa presencia, y que, a su vez, se nos dan como tarea y compromiso de vida cristiana. El Espíritu Santo es al amor de Dios derramado en nuestros corazones y actuando en nosotros. La paz y la alegría son los principales efectos del Espíritu de Amor en la vida y el corazón del cristiano.
“Paz con vosotros”: la paz como don y misión
“Paz a vosotros” son las primeras palabras de Jesús Resucitado a la comunidad de discípulos. Las que hoy también nos dirige en medio de guerras, enfrentamientos, polarización y violencia, que anida en el corazón humano, pero que las nuevas tecnologías, armamentística y de la comunicación, han extendido y multiplicado.
La paz es fruto de la Pascua y don del Espíritu, porque viene de Dios. De hecho, la paz es uno de sus principales atributos. Nace de la comunión con Dios y está sostenida por el Espíritu. A quienes trabajan por la paz se les llama hijos e hijas de Dios, porque la paz nos emparenta con Dios mismo, nos hace parecernos a Él, es huella inconfundible de su presencia y señal inequívoca de sus discípulos, que oran y trabajan por la paz.
Santo Tomás de Aquino en la cuestión que le dedica a la paz en La Suma de Teología (II-II, q. 29) subraya tres aspectos para comprender su sentido y alcance:
1ª) Ante todo, se trata de una paz profunda e integral: no se trata de cualquier tipo de paz, no es la paz del mundo, ni mera tranquilidad o ausencia de guerras o conflictos, sino que exige armonía, unidad o reconciliación de la persona en todas sus dimensiones. Porque viene del Espíritu, la auténtica paz surge de estar orientados hacia Dios como Sumo Bien. Santo Tomás insiste en que nadie puede contribuir a la pacificación del mundo si no tiene un mínimo de armonía interior y de ordenamiento moral personal. La paz es algo integral y completo, que apunta a la plenitud: plenitud de vida orientada al bien, armonía interna y externa, justicia en lo común, alegría compartida, gratitud profunda y verdadera felicidad. Quizá sea lo más parecido a lo que los filósofos griegos llamaban “eudaimonía”: vida lograda, realizada, plena, de calidad. La paz es fruto que acompaña a una vida que rezuma valores evangélicos y que profundiza en una mayor calidad en su vivencia y asimilación. A su vez, este regalo del Espíritu se convierte en gracia con la que poder afrontar cualquier momento y situación de la vida, por difíciles que sean, como una oportunidad para hacer el bien, y de este modo poder asumir con paz y serenidad lo que venga, con sus regalos y sorpresas, ilusiones y sufrimientos.
2º) Además, la paz profunda y duradera es fruto del amor, consecuencia o efecto de la virtud teologal de la caridad. El amor a Dios es el bien último que todo lo unifica, e impulsa el amor al prójimo del que nace una sólida convivencia y concordia interpersonal y social. La paz es la atmósfera, clima o ecosistema de los que aman. Algo así como la música o melodía de fondo que acompaña al amor. Por ello, la paz no se pierde por discutir o discrepar, sino por no quererse, por romper la fraternidad y los vínculos, por no buscar ni hacer el bien de corazón. No cabe mayor unidad y concordia que la que proviene del amor.
3º) Por último, la paz en esta vida terrena es siempre imperfecta. Es un punto de equilibrio frágil en medio de tensiones y conflictos, heridas y limitaciones. Que siempre sea una paz imperfecta e incompleta no es una invitación a la resignación, la pasividad pesimista o la sumisión. Al contrario, nos recuerda que la paz de esta vida es siempre frágil, muy sensible a la desestabilización, y está vinculada a los procesos y a la paciencia, a un trabajo constante y continuo, es decir, consiste en la tarea permanente y laboriosa de la pacificación de la existencia. La misión de la pacificación trata de garantizar, por un lado, los bienes fundamentales de la vida para todos, y, por otro, trata de ir ganando terreno poco a poco a la causa de la paz en el ámbito de lo cotidiano: contribuyendo a erradicar un pequeño odio; poniendo una palabra o gesto de amabilidad; superando una injusticia; aumentando la capacidad de acogida; discrepando sin romper la fraternidad y los vínculos; agrediendo menos a las demás criaturas y a la naturaleza; ofreciendo perdón y facilitando la reconciliación. De este modo, uno va aprendiendo a convivir pacíficamente con las limitaciones e imperfecciones de uno mismo y de los demás y, a la vez, a comprometerse y luchar sin tregua contra los atentados fundamentales a la vida humana: a su existencia, dignidad, verdad y futuro.
En la liturgia eucarística, la paz es saludo y envío, don y misión. ¡Que los demás puedan reconocer por la paz que contagiemos y busquemos el corazón de los hermanos y discípulos de Jesús Resucitado y de los hijos de Dios que viven y actúan con su Espíritu!
La alegría del Espíritu: la alegría de Domingo
“Alegraos” es la primera palabra de Jesús Resucitado a María Magdalena, “apóstola” de los apóstoles, patrona de la Familia dominicana como primera persona que anuncia la resurrección del Señor. La alegría es compañera inseparable de la predicación de la Orden de santo Domingo.
Se dice de santo Domingo de Guzmán que durante el día estaba lleno de alegría, reía con sus frailes, y por la noche rezaba solo y lloraba. Era un hombre de gran alegría y de profundo dolor. Quizá así nadie confunda la alegría cristiana con simpleza e ingenuidad: ¡la alegría de la buena sabe del dolor y de los sufrimientos de la vida! Es una alegría lúcida y compasiva, compatible con el dolor de la noche, con la noche del dolor.
La tristeza de santo Domingo quedaba para la noche, para la intimidad, para la compasión nocturna de la oración. Pero a la luz del día, lo que resaltaba de él era su alegría. Esta alegría es subrayada tanto por el beato Jordán de Sajonia como por sor Cecilia: alegría en su mismo semblante, que era expresión de su mundo interior: “como el corazón alegre alegra el semblante, la hilaridad y la benignidad del suyo trasparentaban la placidez y el equilibrio del hombre interior”.
a alegría es expresión de equilibrio, de armonía, de interioridad creyente y madurez espiritual. Era alegre “por fuera” y “por dentro”; mejor dicho, era alegre “desde dentro”, desde su profundo interior de convicciones y confianza. Jordán de Sajonia dice que sólo la compasión con los sufrimientos ajenos quebraba su alegría.
La cercanía espiritual a Santo Domingo al recordarle especialmente en esta memoria del 24 de mayo puede ayudarnos a revivir la alegría de Nuestro Padre e impulsarnos a ser predicadores de la alegría. ¿Cómo revivir la alegría del Espíritu? ¿Cómo reflejar la alegría de Domingo? Si, como él, nuestra alegría está vinculada a estas tres actitudes: a la compasión, a la pobreza y a la fraternidad.
1º) Una alegría vinculada, en primer lugar, a la compasión. La alegría y la compasión son como las dos caras de la misma moneda. De la compasión nace la alegría, porque sabe que hay nuevas oportunidades, que Dios ofrece siempre nuevas oportunidades a todos. Cuanta mayor compasión, más alegría. Cuanta más alegría, mayor compasión. La alegría de Domingo nos empuja a la compasión: a entrar en las vidas e historias de dolor de nuestros prójimos para ayudarles a vislumbrar una esperanza. La compasión no desluce ni resta alegría, sino que abre una rendija a la esperanza y nos ayuda a aguardar esa alegría que sólo será completa en el Reino de Dios.
2º) En segundo lugar, una alegría vinculada a la pobreza. La verdadera alegría no la da la riqueza ni el consumismo, sino la confianza en que Dios ha venido a compartir nuestra vida. Hay una historia que tiene lugar en los primeros momentos de la Orden. Una mujer caminaba junto a un convento dominicano y se escandalizó al oír una carcajada, como si todos los frailes estuvieran en una fiesta. La buena señora entró para reñir a los frailes creyendo que estaban borrachos, y descubrió que se reían porque no tenían nada para comer. Aquellos frailes conocían esa alegría que jamás conocerá un rico, la de la total dependencia de Dios, la de no necesitar más que su amistad y la de los hermanos. Crear y alimentar necesidades artificiales es matar poco a poco la alegría. Al hombre desposeído, Dios le concede su alegría. No se alcanza sin desposesión, sin cierta pobreza, sin una amplia capacidad para compartir con los demás. Esta es la alegría evangélica que está en dar y compartir, más que en recibir y consumir.
3º) Una alegría vinculada, por último, a la fraternidad. Santo Tomás de Aquino definía la alegría, al igual que la paz, como la consecuencia del amor, es decir, como si la alegría fuese el brillo o la luz que se tiene cuando se ama. El amor más grande es el que Dios nos tiene, por lo que la alegría más grande ocurre cuando reconocemos el amor que Dios nos tiene y que ha puesto en nosotros al darnos su Espíritu. Su amor nos impulsa a la fraternidad: a ser testigos de la alegría para los hermanos y a dar alegría a quien vive a nuestro lado. Una de las funciones de la vida común fraterna es mantener viva la alegría y revitalizar la alegría de la predicación. Sin fraternidad, sin comunidad de amor, nuestra predicación iría perdiendo poco a poco la alegría. La fraternidad impulsa la predicación de la alegría.
