La parábola del sembrador nos invita a meditar sobre nuestra capacidad de acoger, arraigar y fructificar la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana, en nuestra historia y en nuestro corazón. Estas tres realidades forman una unidad esencial que es constitutiva del «humus» que hace buena y fértil nuestra tierra. La esperanza que Dios tiene en nuestro misterio personal se revela en su capacidad de hacer fecunda nuestra tierra, y para ello provee la lluvia que la empapa y la hace germinar, con el fin de cumplir su misión de dar la semilla y el pan cotidiano (cf. Is. 55,10). Por eso, nuestra capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra de Dios nos abre en plenitud a aquellas primicias del Espíritu que nos hacen aguardar la adopción filial y la redención (cf. Rom. 8,29).
Los cuatro relatos del Evangelio constatan una realidad fundamental: la gente busca a Jesús. Hay algo en su persona, en su palabra y en su forma de tratar a las personas que lo distingue de los referentes religiosos de su tiempo, que solamente le recordaban al pueblo su imposibilidad de acceder a Dios, de recibir la gracia del perdón y de esperar confiadamente la salvación. Jesús se distingue de los sacerdotes, de los fariseos y de los escribas porque es capaz de hacerse tiempo para estar con los enfermos, los pobres, los pecadores, y con todos aquellos a quienes el sistema religioso mantenía al margen del corazón de Dios.
Pero no sólo se hace tiempo para estar con ellos, también los acoge cordialmente, les dirige su palabra y se dedica a enseñarles los misterios del Reino, revelándoles un nuevo rostro de Dios y llamándolos a la conversión. Jesús se ha encarnado para entablar un diálogo de amistad con la gente, especialmente la más sencilla, la más vulnerable y la más marginada. Con sus palabras y sus gestos Él les recordó que cada uno de ellos estaba llamado a participar entrar Reino para sentarse a la misma mesa con el Padre. Es decir, le recordó a todos su vocación a la salvación.
Sin embargo, aunque la gente busca a Jesús, las motivaciones para ir a su encuentro, para estar con Él y escucharlo son distintas. Para unos es la posibilidad de «zafar» de las exigencias de la Ley (que Jesús no vino a abolir sino a dar plenitud a través del mandamiento del amor y de la misericordia). Para otros, es la oportunidad de escuchar a un profeta o a un sabio (porque hasta ahora nadie ha hablado con autoridad como Él lo hace). Pero, para algunos, el encuentro con Jesús es un verdadero espacio de gracia, de misericordia y de sanación.
Jesús habla a la gente en parábolas
En Jesús de Nazaret, Dios ha entablado con la humanidad, especialmente con la humanidad doliente, un diálogo directo, histórico y con un decisivo horizonte salvífico. Toda persona es su interlocutora por el único hecho de ser un ser humano, creado originalmente a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, con una dignidad inalienable.
Cuando el otro es importante, entrar en diálogo es un camino esencial para llegar a su corazón. Y Jesús ha elegido una forma de dialogar totalmente cercana, asumiendo nuestras propias categorías e imágenes. Por eso, las parábolas se inscriben dentro de esta pedagogía dialogal que Él mismo ha elegido para hablar de tú a tú con el hombre, ya que para llegar al corazón del otro hace falta transitar los caminos que el mismo corazón e inteligencia tienen para conocer la realidad, para entablar vínculos con las personas y para acercarse al misterio. Sólo alguien verdaderamente sabio es capaz de ponerse al nivel de su interlocutor para que éste pueda aprender, comprender y sorprenderse. Con lo cual, el verdadero sabio no necesita apelar a la elocuencia de las palabras, ni recurrir a la retórica o a una técnica oratoria para demostrar su sabiduría. La humildad y el respeto por el prójimo en su situación vital, moral y espiritual son los signos más radicales de una persona verdaderamente sabia.
Mucha de la gente que busca a Jesús y lo rodea es gente sencilla que, en su mayoría, no sabrían leer ni escribir: campesinos, artesanos, amas de casa…; gente, en algunos casos, con una vida moral compleja; en otros, con una religiosidad y una piedad de corte formal. Algunos con una imagen de Dios muy severa y más cercana a un juez o a un verdugo que a un Padre rico en paciencia y misericordia. Pero ¿por qué les habla en parábolas? Seguramente porque confía en la capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra que tiene todo hombre y toda mujer de buena voluntad.
Jesús explica la parábola a sus discípulos
Es importante señalar que, para Jesús, apelar a las parábolas no es un recurso pedagógico que tiene como objetivo captar la atención de sus interlocutores. Hay una intención más profunda que se relaciona con la revelación de los misterios del Reino. Jesús apuesta por el proceso interior que cada persona puede hacer si deja crecer la Palabra en su corazón; proceso que, cuando llega a su madurez, lleva a forjar una convicción vital capaz sostener una espiritualidad, una religiosidad y una moral en una vida cotidiana. Y para ello parte de una realidad fundamental: el hombre es «tierra buena» por esencia. Todo lo que siembra en su corazón siempre produce fruto.
En la parábola del sembrador, Jesús presenta cuatro espacios significativos de siembra en los cuales cae la semilla de la Palabra de Dios: el borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos y la tierra buena. Independientemente de estos espacios significativos, hay una realidad que no se puede obviar: la semilla de la Palabra siempre cae en el corazón. De ahí que la aceptación, la apropiación y la fructificación de la Palabra no es algo improvisado. El Sembrador siempre tiene una esperanza en la siembra, ya que confía en el potencial de vida que tiene la tierra. Pero si la tierra no está suficientemente cuidada o abonada, la semilla no puede hacer un milagro. Sólo cuando se toma en serio la vida, se toman los recaudos necesarios para cuidar el espacio donde ella pueda germinar y dar fruto pleno y abundante.
Cuando Jesús explica la parábola a sus discípulos en privado, lo que hace es ayudarlos a tomar conciencia de su camino de fe y el de la gente, porque para poder anunciar el Reino, antes tienen que dejar que la Palabra tenga raíces sólidas en el corazón. Con lo cual, tendrán que aprender a respetar el tiempo en el cual la semilla de la Palabra absorba el potencial de vida que tiene la tierra buena, que es cada uno de ellos. Un cristianismo de convicción es el signo de credibilidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra de Dios en el corazón humano.
