Es una frase harto conocida escrita por Antoine de Saint-Exupéry en su famosa obra El Principito. Y viene muy a propósito de aquello que parece escapársele al doctor de la ley en el evangelio.
Su motivación es “poner a prueba” a Jesús, es decir, tratar de conocer la realidad profunda más allá de las apariencias, querer saber si realmente es quien se dice que es. Su pregunta tiene que ver con lo que es más importante, y la cuestión cobra otra dimensión si recordamos los 613 preceptos, en su mayoría negativos, mezclados entre disposiciones insignificantes y normas importantes que se encontraban en la ley.
Si bien es cierto que tal número de leyes querían procurar hacer la voluntad de Dios, lo esencial se había difuminado en tantas disquisiciones. Lo esencial es lo que casi siempre está en el origen de las grandes empresas de la vida y que, andando el tiempo, va quedando lejano, desvirtuado o más de una vez olvidado, pero a lo que se necesita volver una y otra vez para remontar el camino.
Jesús responde sin titubeos que lo más importante es el amor. Pero no un amor impersonal o teórico, sino un amor que implique todo el ser y que se dirija a Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. El correlato de este mandamiento principal y primero es aquel que incluye al otro y a uno mismo: «“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”».
Huelga recordar la originalidad de Jesús al vincular ambos mandamientos, sin duda alguna, ya conocidos por sus oyentes. Dicha vinculación no es accesoria y advierte desde entonces del peligro de separar fe y vida, espiritualidad y praxis, vocación y compromiso humano. La vinculación del amor a Dios y al prójimo nos salva de situarnos de modo desencarnado en el mundo, al menos, apunta al horizonte hacia el cual nuestro amor a Dios se verifica.
Hoy, como ayer, para muchos tendrá lugar la pregunta sobre quién es mi prójimo, sobre todo si nos ubicamos en el escenario mundial actual ante la permanencia de guerras sin otra lógica que no sea el poder y la supremacía, problemas migratorios en aumento, la pobreza expandiéndose más en países eternamente en subdesarrollo, el disparo de las economías, el impacto de la IA y la tendencia indefectible a la automatización que desplaza lo humano o lo limita sobremanera.
Entonces viene la pregunta quién es mi prójimo o, más bien, cómo salvaguardarlo, protegerlo o custodiarlo. De qué manera hoy estamos llamados hacer operativo en el mundo el amor que profesamos a Dios con nuestra inteligencia, nuestro corazón y nuestra alma.
Pues con relación al prójimo nuestro riesgo es el de siempre: no verlo, no acogerlo, no aceptarlo o, simplemente, eliminarlo. Y hoy se han multiplicado las formas de hacer esto mientras se pretende quedar bien con Dios.
Ya en el AT los profetas denunciaron continuamente el deseo del hombre de llegar a Dios por un camino individual e intimista, que olvida fácilmente al prójimo. Precisamente, la lectura del libro del éxodo nos pone a tono respecto de esta cuestión.
Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo
Éxodo 22 forma parte de un bloque de leyes que buscan asegurar una convivencia justa y solidaria dentro del pueblo. El grito del pueblo fue lo que escuchó Dios cuando llamó a Moisés para que lo liberase de la esclavitud. En este contexto, el pasaje de hoy es paradigmático y nos hace recordar que nuestra relación con Dios nunca puede separarse del modo en que tratamos a los vulnerables. La fe bíblica exige una ética concreta, visible y compasiva.
Y aquí emerge algo fundamental: la memoria de la propia historia se convierte en criterio ético. La experiencia de haber sido salvados por Dios debe traducirse en misericordia hacia los demás. Eso es lo que nos narra la primera lectura y lo que Dios invita a vivir al pueblo respecto de los más vulnerables, precisamente porque el pueblo conoce de la fragilidad, el exilio, la esclavitud, la intemperie. Quien ha sido liberado no puede convertirse en opresor.
