¡HA RESUCITADO!
En la Palabra de la liturgia eucarística de esta noche de gloria resuena el grito jubiloso: ¡Ha resucitado!. En esta ocasión son el evangelio de San Mateo y la carta de San Pablo a los Romanos los que nos van a aproximar al acontecimiento único de la resurrección del Señor y a sus implicaciones para nosotros en este momento que nos toca vivir y, en cierto modo, protagonizar.
“Vosotras no temáis. No está aquí: ¡ha resucitado!”
Son las palabras que el Ángel dirige a las mujeres, asustadas como los guardianes del sepulcro, por lo extraordinario y sobrenatural de lo acontecido. «No temáis. ¡Ha resucitado!”. Qué hermoso anuncio también para nosotros hoy, acosados por temores tan diversos. La resurrección del Señor hace brotar el resplandor de la esperanza en medio de las tinieblas existenciales (violencias, injusticias, enfermedades, soledad, fracasos, desamores, esclavitudes de índole diversa…) que puedan envolvernos.
Esta noche santa es invitación para renovarnos en la esperanza y en la confianza de esta actuación del poder del Padre Dios que con la fuerza de su Espíritu ha roto en su Hijo Unigénito las cadenas de la muerte y el poder del mal.
“Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”
Galilea, donde comenzó el encuentro con el Señor Jesucristo, donde convivieron con Él y donde aprendieron de Él. Galilea, donde ahora van a ser confirmados en la fe en el Resucitado. Galilea, desde donde van a ser enviados al mundo entero para ser portadores e instructores de la Buena Noticia.
Por esto es también para nosotros esta Noche Santa oportunidad para renovar el compromiso de ser testigos del Resucitado; atentos y vigilantes, valientes y coherentes, para que en el cotidiano desenvolvimiento de la vida, rezumemos gozo pascual.
“Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Alegraos!”
Parte irrenunciable del testimonio pascual es la alegría incomparable que encierra en sí mismo. No es la alegría transitoria de nuestras programaciones y eventos. No es la alegría del éxito de los ídolos de temporada. No es la alegría del efímero aplauso social. No es la alegría hueca de nuestros triunfos humanos, tantas veces demasiado humanos.
Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es la alegría de quien en medio de cuaquier quebranto se sabe en comunión íntima con el Resucitado, y con Él y desde Él sabe y testimonia que la Victoria sobre todo mal es segura. Es la alegría que también permanece cuando nos anegan las lágrimas. Es la alegría de quien vislumbra los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha sin ocaso.
“Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”
¡Qué hermosa realidad y elocuente compromiso para ser renovados en esta Noche Santa!
San Pablo a través del contenido de su Carta a los Romanos comparte con nosotros en esta Noche Santa la hondura teológica y vital de nuestro bautismo en el nombre del Señor Jesucristo.
Muertos al pecado: a todo lo que destruye la vida, a lo que nos aisla e individualiza, a lo que nos encadena y esclaviza, atenazando nuestra libertad; a lo que nos confronta, a lo que borra en nosotros la imagen amorosa de nuestro Creador; a lo que despierta la codicia, el aparentar, el creernos más que nadie; a lo que oscurece y camufla la verdad, a todo aquello que debilita la coherencia…
Vivos para Dios en Cristo Jesus: para ponerle a Él en el centro, para vivir el asombro de su amor, para irradiar la luz de su Verdad, para construir su deseada comunión, para servirnos mutuamente, para llenarnos de su esperanza, para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para vivir VIVIÉNDOLE…
