Corramos también nosotros con Pedro y Juan hacia el sepulcro. Como ellos, entremos y veamos. Y dejemos que se afiance en nosotros la fe en la Resurrección del Señor. De hecho, el evangelio de San Juan es una invitación constante a despertar y consolidar la fe en Jesús de Nazaret, Verbo Eterno del Padre y Salvador del mundo. Con este mismo propósito concluye su evangelio: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).
En este Domingo de Gloria renovemos también nosotros nuestra fe en el Señor y comprometamos nuestra vida en ser testigos y anunciadores de este inagotable manantial de Vida y Esperanza que es el Señor Resucitado.
Me sorprendieron, hace ya algunas décadas, unas palabras de un sacerdote del norte de España que exhortaba hacia este objetivo de testimoniar con toda nuestra vida la fe en el Resucitado. Venía a decirnos: “Las personas que dicen no creer en Cristo Resucitado, tal vez comiencen a creer en Él cuando un día nos vean a nosotros vivir como ya resucitados. Afrontar el fracaso y el dolor, como ya resucitados. Adentrarnos en la enfermedad y la muerte como ya resucitados”.
Se trata, por tanto, de impregnar todo los ámbitos y aspectos de nuestra existencia de gozo pascual, de alegría inexplicable, de confianza inquebrantable en el poderoso amor que se nos manifiesta en su cruz gloriosa.
“Que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”
Con estas palabras, los Hechos de los apóstoles nos presentan cómo San Pedro ofrece un magnífico resumen del evangelio, y el camino a recorrer por quienes nos declaramos y sentimos sus discípulos.
Pasar por el mundo haciendo el bien: un imperativo que hoy cobra una particular intensidad. Hacer el bien que hace desaparecer confrontaciones. Hacer el bien que lo busca para todo ser humano, cuando el bien común está arrinconado por ambiciones múltiples. Hacer el bien para recuperar la verdad. Hacer el bien para crecer en justicia, en dignidad, en paz. Hacer el bien para que la compasión no claudique ante la competición. Hacer el bien para que lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto ( cf Rm 12,2) crezcan en nuestro mundo.
Curando a los oprimidos por el Diablo: el mal está ahí, fuerte, despiadado, destructor. El Señor Jesucristo no pasó de largo ni ante el mal, ni ante el Maligno. En su actuación descubrías la práctica admirable del samaritano, y cómo doblegó los estragos directos del Maligno. ¡Con que contundencia le apartó de su camino tras el retiro en el desierto!
Se ha indicado con certeza que para que el mal progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada.
Su resurrección nos fortalece para discernir y optar siempre por el bien. Sin ingenuidad. El misterio del mal está ahí: poderoso, y poderosamente destructor, hilvanándose con nuestros pasos.
Pero en comunión con el Resucitado se desvanecen los temores de hacerle frente. Con Él y por Él sabemos que la victoria es segura. El mal y el Maligno nunca tendrán la última palabra. Su cabeza ya ha sido aplastada. La lucha será ardua. Imprescindible la oración.
Y siempre ciertos de que el horizonte final está ya iluminado por la luz del lucero que no conoce el ocaso. Es el tiempo de la gracia, de la vida, de la salvación. Es la Pascua del Señor. Que lo sea en verdad en lo más profundo del ser de cada uno de nosotros.
