Terminada la celebración del tiempo pascual con la Solemnidad de Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar en este domingo, ya de nuevo dentro del tiempo ordinario, la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
El misterio pascual de Cristo, a la luz de Pentecostés, nos ha permitido “conocer” la entraña del Dios en quien creemos, en quien “vivimos, nos movemos y existimos”. En este acontecimiento de salvación hemos conocido cómo es el único Dios verdadero lleno de misericordia y bondad entrañables. Nos ha sido revelado, dentro de lo que nosotros podemos comprender, el misterio de su unidad sustancial y de su trinidad admirable. Dios es un ser único en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta realidad de Dios, ya pergeñada en el Antiguo Testamento, nos ha sido plenamente revelada en el Nuevo con la gracia del misterio pascual. Cristo, el Verbo divino hecho carne, nos ha revelado al Padre y nos ha hablado del Espíritu Santo que a su vez nos ha prometido, el Espíritu de la verdad y de la santificación. Este es el Dios de Jesucristo: el Dios uno y trino, lleno de amor, que “tanto nos amó” y que ha hecho por nosotros “obras grandes”.
A este Dios alabamos y glorificamos con toda la fuerza de nuestra vida. La Trinidad Santa no es una simple fórmula es el misterio insondable del Dios vivo que quiere asentarse en nuestra vida para llenarla y transformarla.
La escena que nos ofrece la primera lectura, del libro del Éxodo, muestra ante todo un nivel profundo y hermoso de comunión entre Dios y Moisés. Éste sube al Sinaí con las tablas, tal como le había sido ordenado, y Dios baja en la nube “y se quedó con él allí”. Es un hecho sublime que el Dios inefable se acerque tanto al hombre. En ese contexto de comunión y cercanía, Dios mismo revela su Nombre, su verdadera identidad como “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Este es el Dios de Israel, un Dios que busca la alianza con su pueblo para mostrarle la profundidad de su amor.
Dios, bendito y glorificado
A este Dios de comunión y de amor quiere alabar hoy la liturgia, por eso utiliza como responsorial este cántico del libro de Daniel: “a Ti, gloria y alabanza por los siglos”. Bendito y glorificado el Dios de “nuestros padres, el Dios sentado sobre querubines, sobre el trono de su reino”. Bendito y glorificado el Dios sublime que a su vez se hace tan cercano.
Dios, Trinidad
La Iglesia, desde sus orígenes, expresa su fe trinitaria con estas fórmulas que aparecen, entre otros lugares, en las cartas de Pablo y que pudieron tener origen en la liturgia primitiva: “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo…” Con estas palabras concluye el apóstol su segunda carta a los corintios. Es el sello trinitario a su enseñanza, su “validación eclesial”. Todo aquello en lo que cree la Iglesia y que el apóstol enseña en fidelidad a la misma, brota de la experiencia de Dios. Por el don maravilloso, gracia, de la salvación en Cristo hemos conocido el amor del Padre y hemos sido receptores del Espíritu Santo que es factor de comunión con Dios y de fraternidad entre nosotros.
Dios, salvador
El evangelio de este domingo es la conclusión de la interesante conversación de Jesús con Nicodemo. En “la noche”, es decir, en medio de la oscuridad, pero en un contexto de serena intimidad, Nicodemo ha ido a encontrarse con Jesús para escudriñar su misterio. En una conversación intensa y profunda Jesús le ha desvelado la necesidad de “nacer de nuevo” para acoger su don y “entender” su misterio. Todo se revela al final de la conversación con esas preciosas palabras de Jesús que refiere el evangelio de hoy. Jesús es el Hijo de Dios, enviado por Él al mundo para salvarlo, porque Dios nos ama: “tanto amó Dios al mundo”. Del corazón de Dios brota un designio de salvación no de condenación. Jesucristo es la revelación del Dios verdadero y de su amor extremado por el mundo y la humanidad. El Dios Uno y Trino es un Dios salvador.
