Siguiendo esta línea de lectura, hay dos expresiones en el mismo que pueden servir de hilo conductor. 1ª) ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! Los dos discípulos asumen un duro reproche por su sordera y caso omiso en la escucha de la Palabra de Dios consignada en las Escrituras. 2ª) Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Se ven sorprendidos por la inesperada manifestación del Resucitado que les saca del oscuro túnel para contemplar el luminoso horizonte de una vida nueva.
En el espejo del relato
Como los dos caminantes que, tristes y abatidos, volvían a sus casas, no faltaban cristianos que estaban pasando en sus comunidades por situaciones similares. Afectados por múltiples pruebas, bien fuera por problema dentro de la vida comunitaria o por las persecuciones provenientes de fuera, era normal que, en más de una ocasión, sintieran desfallecer en su fe e incluso dudar de la misma. Sabemos, por ejemplo, que allá por los años cincuenta, entre los muchos problemas que hubo de abordar el apóstol Pablo entre los fieles de Corinto, estaba el caso de quienes andaban diciendo que no había resurrección de los muertos. De ser así, les argumentaba el Apóstol, nuestra fe carecería de sentido; más aún, seríamos falsos testigos de Dios al no reconocerle que resucitó a Jesús de entre los muertos; sencillamente, si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más desgraciados y miserables de todos los hombres (1 Cor 15).
¿No era ésta precisamente la sensación que llevaban dentro de sí los dos peregrinos, de vuelta a sus casas, desconsolados, frustrados y derrotados? ¿Dónde quedaban sus sueños y expectativas mesiánicas esperando participar de la gloria del reino? La muerte de su Maestro cortaba de raíz la perspectiva de futuro que se habían imaginado.
Fue en el gesto de la partición del pan cuando se les abrieron los ojos y volvió a vibrar su corazón: lo reconocieron; el muerto había vuelto a la vida. Pero muy pronto, la desbordante e incontrolable alegría del encuentro les venía a deparar otra inesperada sorpresa, esta vez teñida de no poca nostalgia: desapareció de su vista. Estaba vivo, era verdad, pero ya no era reconocible a sus ojos de la carne; no podían verle ni tocarle como cuando convivió con ellos. Era el mismo, pero de otra manera; transfigurado por la fuerza del Espíritu, en adelante sólo podrían reconocerlo por los ojos de la fe.
Ese era el Misterio de la fe en que se veían inmersos y envueltos los primeros cristianos cada domingo cuando participaban en la celebración eucarística. También ellos sentían arder el corazón cuando escuchaban las lecturas proféticas. Se cumplía, y así lo experimentaban, el gran designio salvífico de Dios anunciado desde antiguo: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; una vida en plenitud, más allá de los lazos de la muerte (Jn 3,16; 10,10). Esa era la fe que renovaban en cada celebración como seguidores de Jesús: la fe en la Vida tras las huellas de la muerte. Como los discípulos de Emaús, tenían que recorrer el camino de vuelta afrontando los duros golpes de la vida pero con las mirada puesta en el anhelado encuentro con el Resucitado, el encuentro definitivo y para siempre con el Señor.
El Dios del Amén
El creyente deposita su plena confianza en el Dios fiel a la Alianza sellada con su pueblo y recordada reiteradamente por los profetas: el Dios que siempre cumple. El Dios del Amén, como dirá tan bella y certeramente el profeta Isaías (65,16), caracterizado por su profunda confianza en el Dios de la salvación. El Dios que nos ha dado su última y definitiva Palabra en Jesucristo muerto y resucitado, el que pasó por la vida haciendo el bien sin recurrir a acciones llamativas y espectaculares. El Dios encontradizo y reconocible en la escucha atenta y sincera de su Palabra; en una fe alejada de falsas expectativas e ilusos mesianismos.
Ahora bien, la fe en el Resucitado no clausura la tensión inherente a toda vida cristiana. Más bien, comporta y conlleva una actitud de atenta y diligente atención personal. Implica al creyente en el largo y sinuoso proceso de maduración buscando conformar su vida con los pasos de Cristo Jesús, por si logra alcanzar un día la meta de la resurrección (ver Flp 3, 7-16).
Los cristianos del siglo veintiuno hemos de seguir mirándonos en el espejo de este bellísimo relato de san Lucas a la espera de poder sentarnos un día definitivamente en la mesa redonda del pan compartido, el gesto por el que nos reconocerán como buenos hermanos. Caminamos en la fe, sabedores de que el peregrino desconocido nos acompaña por el camino. Es el Señor dador de la Vida: la presencia de esa mano providente, aunque invisible, que guía y protege; que consuela y levanta el ánimo de los tristes y abatidos; que abre el horizonte de la esperanza; que resucita en definitiva a los muertos. ¡María, Madre de todos los hombres, ¡enséñanos a decir Amén!
