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En nuestros días encontramos en Internet tutoriales para casi todas las acciones de la vida; muchos son muy útiles para resolver problemas concretos. Pero, ¿quién nos podrá enseñar a vivir de tal manera que alcancemos una vida plena? Jesús se presenta en el Evangelio de hoy como el Buen Pastor, como verdadero guía que nos descubre los secretos de la vida. Él no es el único que se presenta como guía. Por eso, nos da criterios seguros para distinguir al verdadero de los falsos guías. Utiliza varias imágenes para que su enseñanza sea más fácil de asimilar. Nos habla de un aprisco, de su puerta, del portero, de ovejas y de pastores.
El pastor no cuida una sola oveja, sino muchas. Eso nos indica que el camino hacia la vida plena no lo alcanzamos solos, sino con otros. Separase de los otros es separase también del Pastor y quedarse a la intemperie, a merced de todos los peligros; es extraviar el camino, privarse de la meta que en lo más hondo de nuestro ser estamos llamados a alcanzar.
Diferencia entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos
Jesús establece un fuerte contraste entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos, identificados con los falsos o malos pastores. Siguiendo la interpretación que hace santo Tomás de Aquino de este pasaje, estos últimos no entran en el aprisco por la puerta, que es también Cristo, sino por la ambición, el poder del mundo y la simonía; son ladrones y bandidos porque roban, matan y pierden a las ovejas. La puerta del aprisco es pequeña por la humildad, y solo pueden entrar por ella quienes imitan la humildad de Cristo. Quienes no entran por esta puerta son orgullosos, no imitan al que, siendo Dios, se hizo hombre; y no reconocen su humildad.
Los malos pastores son también los que han venido antes de Cristo. No se refiere con esto a los patriarcas ni a los profetas, sino a quienes no han sido enviados por Dios, a los que han venido por su cuenta, y no tienen que ver ni con la inspiración ni con la autoridad divinas, ni tienen la intención de buscar la gloria de Dios, sino su propia gloria; son ladrones porque se atribuyen lo que no les pertenece, es decir, la autoridad para enseñar; son bandidos porque matan difundiendo una doctrina perversa o costumbres depravadas; vienen para perder a las ovejas; se matan a sí mismos y a los demás.
Los signos del verdadero pastor
Cristo muestra los signos por los que podemos reconocer al verdadero pastor. En primer lugar, el Buen Pastor entra por la puerta, y el portero le abre. Cristo es, al mismo tiempo, el Pastor, la puerta y el portero. La puerta tiene, entre otras funciones, la de proteger el aprisco. Cristo es una puerta infranqueable para los enemigos de sus ovejas. Pero no es una puerta cerrada para los suyos; no es una puerta que limita la libertad o que impide las entradas y salidas. El Buen Pastor respeta la libertad de los suyos, incluso la afianza o la refuerza.
En segundo lugar, las ovejas, es decir, los creyentes o los justos escuchan su voz. Escuchar significa aquí también obedecer. El tercer signo son las acciones del pastor: desde toda la eternidad conoce a cada una de sus ovejas por su nombre; esto es una muestra de la familiaridad e intimidad que mantiene con ellas; las conduce afuera y las conduce hacia los pastos abundantes; les da el verdadero alimento, o mejor, se entrega a sí mismo como alimento; también las saca del aprisco para que ellas mismas procuren la salvación de los que están fuera; a diferencia de los pastores de ovejas, que habitualmente caminan detrás del rebaño, Cristo camina delante para dar ejemplo, convirtiéndose en modelo del rebaño; va abriendo camino, enfrentando y derrotando los peligros aun a precio de su propia vida.
Jesús definió de distintas formas su misión. Dice, por ejemplo: «Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37); «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo» (Jn 12,47); «Yo soy la luz; he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Jn 12,46). En nuestro pasaje afirma: «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Esta vida abundante es la vida de la justicia que recibimos al entrar en la Iglesia por la fe.
En el libro del profeta Habacuc se dice que el alma del incrédulo no es recta, mientras que «el justo vivirá por su fe», palabras retomadas por la carta a los Romanos. La prueba de que poseemos esta vida, o –como dice san Juan en su primera carta– de que hemos pasado de la muerte a la vida es que amamos a nuestros hermanos. Esta vida abundante se manifiesta en el amor fraterno. La vida que Jesús ha venido a traernos es también la vida eterna, que consiste en conocer al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo.
Cristo es el único Pastor bueno y seguro que nos puede alcanzar la vida plena que tanto anhelamos porque él es la Vida. Solo hace falta que depositemos en él nuestra confianza para que la vida en abundancia que nos promete nos inunde completamente.
